lunes, 6 de abril de 2015

MIS REFLEXIONES SOBRE LOS HECHOS DE LA SEMANA SANTA

La crucifixión

El   viernes 3 de abril del año 33, murió Jesús clavado en una cruz.
La crucifixión era una pena tan grave para los romanos que sólo lo aplicaban a los extranjeros y  a los sediciosos. Os recuerdo el concepto de sedición:
“Serie de acciones de acciones llevadas a cabo a través de cualquier medio (propaganda, boicot, sabotaje, etc.) destinado a levantar el pueblo contra el gobierno existente”
Por lo tanto, Jesús se convierte en el primer revolucionario “famoso” de nuestros últimos XX siglos de historia. He entrecomillado famoso, ya que está documentado que el procurador de Siria, Quintilio Varo había crucificado en el año 4 a.C. a dos mil judíos como represalia por una sublevación.
Por lo mencionado anteriormente, los ladrones o bandidos también crucificados con Jesús debieron ser algunos de sus seguidores.
Los responsables de la crucifixión del Gólgota, como sentencia de un proceso político (romano)  y religioso (judío), fueron Poncio Pilatos como procurador de Roma, Herodes Antipas etnarca (menos categoría que el de rey) de Judea y Tiberio como César de Roma.
En la parte superior de su cruz le pusieron el célebre acrónimo procedente del latín INRI: “Jesus Nazarenus Rex Iudaeorum”, Jesús el Nazareno, el rey de los judíos”.-
Luego, han habido muchos revolucionarios y muchas revoluciones hasta nuestros días.

La resurrección
Jesús resucitó “el primer día de la semana” según dicen las escrituras. Es decir, si el sábado era el día de descanso se refiere a nuestro domingo. El primer día de la semana es cuando  Dios al principio  del tiempo creó la luz y la separó de las tinieblas (Génesis 1, 3-4). Con lo que Dios,   quiso simbolizar que la resurrección es luz y la separó de nuevo de la oscuridad de la muerte, lanzando el mensaje de la inmortalidad del alma para los creyentes.


Los hombres somos incrédulos por naturaleza, y nos gustaría cambiar la fe por la certeza, como hizo el apóstol Santo  Tomás que se quiso cerciorarse de la resurrección de Jesús  tocando sus heridas, tal como nos mostró Domenico Cresti, en su obra del siglo XVI: “La incredulidad de Santo Tomás”.




Y Miguel  Ángel en la época del Renacimiento,  lo quiso significar, en la bóveda de la Capilla Sixtina, simbolizando  en “la creación del hombre”, que su pertinaz apetencia desde el inicio del  Cristianismo  “es tocar a Dios”. En el fresco el hombre  tiende la mano a Dios, y Dios hace lo propio, pero como siempre por una constante fatalidad no llegan a tocarse.

El huevo de Pascua
El huevo se asocia a la fertilidad,  y la  primavera  es la estación más fértil por naturaleza, y como coincide con la Pascua, de aquí la costumbre de regalar huevos por Pascua.


Nuestros pasteleros los añaden a las clásicas “monas” y que han ido evolucionando desde el clásico huevo de la propia gallina, de azúcar, hasta llegar al de chocolate.

Os regalo esta imagen a todos mis lectores, esperando que pronto con las impresoras de tres dimensiones caseras, se puedan imprimir y con material  de de chocolate con cacao superior  al 65 %  y  los podamos degustar, para que nos favorezcan la producción de serotonina y oxitocina tan necesarias para alcanzar la cotidiana felicidad.

Notas:

1)    Cuando escribo “hombre o lectores”, es lo mismo que hubiera escrito “mujer o lectoras”, si no pongo los dos géneros es por abreviar.


2)    Hablamos mucho y escuchamos poco. Un cura  predicaba  cada domingo, “que no fuéramos  como Santo Tomás, teníamos  que tener fe”. Nadie le escuchaba. Un día una niña de la catequesis movida por la piedad, le dijo que predicaba en vano. Entonces el cura se explicó: Al principio pensé que podía cambiar a mis feligreses. Ahora sé que no lo lograré.  Si aún predico es para que ellos no me cambien a mí”.

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